Cuarto de crisis

Manejo de crisis

Desastres y comunicación

Joaquin Ortiz de Echavarria

21 Septiembre 2017


Terremotos, sismos, huracanes, maremotos, erupciones volcánicas y tsunamis son palabras que se asimilan al lenguaje cotidiano de miles de millones de seres humanos en el mundo. Destrucción, daños, afectados, heridos y muertos: son el resultado de decenas de fenómenos naturales cuyo resultado termina en los desastres que inundan los medios de comunicación y las redes sociales.

Imágenes de dolor y sufrimiento. Sorpresa por los derrumbes. Crónicas de las morgues. Y después el silencio, como si el desastre solamente fuera materia informativa y no una realidad que afectó la vida de miles de personas.

La comunicación en un desastre florece en la emergencia; al momento de la destrucción y desaparece una vez que termina el impacto del fenómeno natural. Pero atrás quedan decenas de preguntas sobre el porqué del daño a la infraestructura: carreteras, tendidos eléctricos, telecomunicaciones, edificios y casas que cada vez más cae en el terreno de lo catastrófico. ¿Es normal la destrucción que se vive en un fenómeno natural o esa destrucción nace de la negligencia de gobiernos y gobernantes que no invirtieron lo suficiente en prevención? Y más allá: ¿se tiene la capacidad para anticipar eficientemente en términos de infraestructura? ¿Hay la voluntad política para hacerlo?

Sin hacer menos el dolor de las familias que pierden a algún familiar o que se quedan sin su patrimonio, las pérdidas económicas ocasionadas por el efecto de un huracán o un terremoto son multimillonarias. Tras el terremoto de 7.1 grados Richter, el 19 de septiembre, que golpeó la ciudad de México, Morelos y Puebla, entre otros estados, se contabilizan -hasta el momento del cierre editorial de esta publicación-, más de 250 muertos, decenas de edificios y casas colapsadas; cientos de millones de pesos en pérdidas así como una enorme movilización de los cuerpos de emergencia y de la sociedad civil.

La solidaridad se hizo patente en miles y miles de personas organizando cadenas humanas; llevando víveres, alimentos, medicinas así como palas y picos. Cocinas en las calles: tacos placeros para los rescatistas; casas abiertas que ofrecían sus baños para que los usarán quienes ayudaban a remover escombros. Todos juntos; todos ayudando. El mensaje es claro: la sociedad unida y empoderada puede más que cualquier gobierno.

Además del sismo del 19 de septiembre en la Ciudad de México, también hay que adicionar cientos de millones de pesos se tendrán que sumar para reconstruir las casas y las calles afectadas en Oaxaca, Chiapas y Tabasco como resultado del sismo de más de 8 grados Richter que padeció México el pasado 7 de septiembre. Millones de pesos en ayuda. Miles de millones de pesos en daños. Y otros muchos más en el proceso de reconstrucción.

Cada vez hay más fenómenos naturales y el costo de recuperación es incalculable. Al día de hoy se suman, producto del sismo del 7 de septiembre, 50,000 casas y 1,000 escuelas dañadas; 98 muertos, y al menos de 2.5 millones de afectados, además de más de 130 toneladas de ayuda. Asimismo, hay que destacar se dieron 1,600 réplicas del terremoto. Asimismo, los daños por el terremoto del 19 de septiembre aún están en proceso, pero ciertamente, rondan los miles de millones de pesos y la cifra de víctimas fatales aún no se conoce al 100%.

Estos escenarios catastróficos llegaron para quedarse. En los últimos años, el cambio climático provocado por la explotación de recursos naturales y la actividad humana ha traído consecuencias negativas evidentes en la temporalidad y eventualidad de los fenómenos naturales. Cada vez más, estos fenómenos surgen con mayor fuerza y provocan daños desastrosos en el patrimonio y en la vida de millones de personas en el mundo. Por esto la comunicación es una herramienta fundamental para preparar y alertar a millones de personas en el mundo sobre temas como prevención, anticipación de situaciones catastróficas y dar a conocer con transparencia la exposición al riesgo en la viven millones de personas. Y esa responsabilidad recae en gobiernos y gobernantes que tal vez no han hecho lo suficiente en el terreno de la prevención o fomentan vía corrupción la construcción de casas, carreteras e infraestructura que de origen se sabe que no podrán soportar un fenómeno natural.

Por ejemplo en México. El 70% de los daños después de un desastre se da en casas habitación. Cada año el país enfrenta, al menos, 23 ciclones tropicales entre mayo y noviembre, de ahí que el riesgo del daño al patrimonio y vidas humanas se incrementa considerablemente. Esto ya lo saben las autoridades mexicanas de protección civil y es su responsabilidad comunicar permanentemente qué hacer y cómo enfrentar un huracán. Pero en la realidad no sucede así. Y después de tantos desastres que ha vivido México, prevalece la tendencia de entender un fenómeno natural como un evento aislado, sorpresivo: un acto de Dios y no como un problema que se tiene que atajar con acciones de prevención y comunicación.

De acuerdo con la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef), menos de 5% de los hogares mexicanos están asegurados. De ese porcentaje, las viviendas aseguradas contra sismos es menor. También ya se sabe que al menos 79 millones de mexicanos son vulnerables a catástrofes naturales: viven zonas sísmicas, volcánicas o en costas sujetas a huracanes o lluvias torrenciales.

Cierto. Es más rentable para un gobierno invertir en campañas políticas y utilizar sus espacios en los medios de comunicación para el uso de propaganda; que en herramientas de protección civil contra desastres naturales. También una vez que las cámaras y los reporteros abandonan las zonas siniestradas por un desastre, se olvida el dolor de los afectados; los muertos que no tuvieron sepultura y los heridos que se recuperarán lentamente. Se acabó la noticia; se fue el presidente; adiós a la ayuda.

Hay que esperar la próxima tragedia: el próximo terremoto, la siguiente catástrofe y culpar a las fuerzas de la naturaleza de la destrucción, del horror y de los cadáveres cubiertos de escombros y, tal vez, de lo que fue una casa mal construida. La comunicación en un desastre se tiene que dar antes, durante y después de una crisis, debería ser una fórmula que a través de la prevención pudiera transformarse en una herramienta para salvar vidas; para evitar la corrupción en la construcción de casas y carreteras mal hechas; para tener mejores telecomunicaciones en un desastre y mejores sistemas de respuesta en materia de salud, médicos, enfermeras y medicamentos.

Mucho por hacer y mucho por prevenir. Lo que es cierto es que los fenómenos naturales llegaron para quedarse, pero los desastres son consecuencia de los políticos y del encubrimiento de los gobiernos corruptos.
El reto es enorme.


Previous Next