Cuarto de crisis

Manejo de crisis

¿México love USA love Mexico?

Joaquin Ortiz de Echavarria

12 Diciembre 2019

Andrés y Donald.
¿La mejor relación entre presidentes de México y Estados Unidos? La comunicación entre Donaldo Trump y Andrés Manuel López Obrador está funcionando bien. Y más allá del nuevo acuerdo comercial con USA o la visita de William Bar, hay una puente que une al de Macuspana, Tabasco con el de NY. ¿Diáolgo? ¿Cooperación? ¿Contensión? ¿Mágia?

Muchos encuentros entre mandiatarios de ambos países han dado pie a conjeuturas, dudas y más de cómo el presidente de México debe construir un vínculo con el mandatario de USA.

Jack Kennedy con López Mateos. Luis Echeverría con Richard Nixon y Gerald Ford. José López Portillo y Jimmy Carter; también con Ronald Reagan. Lo mismo que Miguel de la Madrid; Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Encuentros, abrazos, apretones de manos, regalos y declaraciones conjuntas de cooperación: petróleo, tratados comerciales, lucha contra el crimen organizado, anécdotas: caballos, rifles y amigos rancheros.

Pero ahora con López Obrador y Trump pareciera que hay algo más. El hombre fuerte de Estados Unidos considera a AMLO como su amigo; miel sobre ojuelas. ¿Será?

La primera visita de un mandatario estadunidense no fue a la Ciudad de México, sino a Ciudad Juárez, el 16 de octubre de 1909, cuando William Taft visitó a su homólogo Porfirio Díaz. Aunque la visita duró un día tuvo un doble simbolismo, porque fue también la primera ocasión en que un Presidente de Estados Unidos realizó una visita oficial al extranjero.

Lejos suena y resuena el cinco de enero de 1981. Ese día el entonces presidente de México, José López Portillo, se reunió en el puente internacional entre Ciudad Juárez, Chihuahua, y El Paso, Texas, con Ronald Reagan, presidente electo de los Estados Unidos, quien 15 días después, el 20 de enero, tomaría posesión del cargo en medio de una prolongada etapa de enfriamiento diplomático entre ambos países.

¿La causa? La estridencia del presunto espionaje a líderes mexicanos por parte de la mencionada agencia norteamericana NSA -Agencia Nacional de Seguridad-, a cuyo servicio están especialistas en esconder secretos propios y descubrir los ajenos. Esto es, matemáticos, traductores expertos en criptografía e informática. “Todo positivo: JLP; vine a restablecer la amistad: Reagan”, fue el titular empleado por Excélsior para dar cuenta de la reunión el martes 6 de enero de ese año, a ocho columnas en su primera plana. Para la reportera de ese periódico, Isabel Zamorano, llamó la atmósfera del encuentro: “Respeto mutuo y entendimiento recíproco”.

De ahí que en su exposición oficial, López Portillo fuera al grano. Puntualizó, según Excélsior: 1) Es hora de ver problemas francamente, que se analicen en forma abierta y con absoluta franqueza; 2) Han sido tratados por los países, pero nunca por los gobiernos; 3) Jamás ha existido comunicación directa. Por eso los analistas de la época no vacilaron en calificar de “histórica” y como “la reunión más simbólica en la historia de las relaciones entre México y Estados Unidos”, porque el encuentro supuso un compromiso por ambas partes en mejorar las relaciones diplomáticas bilaterales.

Este compromiso se habría de confirmar en los hechos: Reagan visitó México en seis ocasiones durante los ocho años (20 de enero de 1981–20 de enero de 1989) que duró su mandato. Lo que ocurrió después ejemplifica que esa relación no fue siempre fue ejemplar. Debieron transcurrir 34 años para que otro mandatario estadunidense, Franklin D. Roosevelt, hiciera una visita oficial a territorio mexicano (Monterrey) para hablar con el presidente Manuel Ávila Camacho. La reunión (20 de abril de 1943), fue casi en secreto por la circunstancia: convencer a México de que se incorporara a la Segunda Guerra Mundial al lado de los países aliados contra el eje Berlín-Roma- Tokio. ¿Qué eventualidad suscitaría hoy un encuentro entre los presidentes de México y de los Estados Unidos?

Para el columnista José Buendía Hegewish del periódico Excélsior: “La estrategia de no confrontar a Trump parece redituar a López Obrador, aunque es poco claro el rejuego de favores en la amplia agenda bilateral y si un intercambio de cartas bajo la mesa beneficiaría a todos o sólo a sus gobiernos”, afirmó el pasado ocho de diciembre del 2019. Hay muestras de que se entienden, e incluso comparten visiones nacionalistas o de sus bases electores como prioridad de gobierno, pero sobre todo la convicción de evitar el careo u oponer dichos en una relación de fuerza asimétrica. Mejor no pelear ni exponerse con un liderazgo voluble, exacerbado e impredecible para mantener la convivencia, aunque sea insuficiente para ganar en la negociación o evadir los zarpazos cuando necesite activar a su electorado en la campaña por la reelección presidencial.

Otra vez por un tuit, Trump relajó la presión sobre México en seguridad al ofrecer postergar la clasificación de cárteles mexicanos como terroristas, aunque en su comunicación puntualiza estar listo para tomar esa medida. El acoso que desató el culiacanazo y la matanza de los LeBarón baja de tono, lo que permite a López Obrador ganar tiempo para mostrar resultados en seguridad en su segundo año de gobierno. El gesto fue seguido por la salida del expresidente de Bolivia Evo Morales del país como si fuera parte de los buenos oficios con que cree poder sobrellevar las exigencias de la relación bilateral.

Antes, en tono conciliador, había adelantado de su encuentro con el fiscal general estadunidense, William Barr, que “como abogado” lo había convencido de respetar el principio de no intervención en la Constitución mexicana, en un mensaje que transmitió rápidamente a Trump sin que fuera acompañado del fervor nacionalista que también comparten. Mas no está claro que eso alcance para persuadir de la estrategia de “abrazos, no balazos” tan criticada por su gobierno y congresistas de EU, o de la conveniencia de hacer cambios al T-MEC en capítulos que congelan la sonrisa a empresarios mexicanos y los mueve a la molestia con el negociador mexicano, Jesús Seade. Menos aún a predecir su comportamiento tras el resultado del juicio político. La política de apaciguamiento de López Obrador frente al negociador experto en la “llave de muñeca” y la amenaza también ha rebajado el tono despectivo y agresivo de Trump hacia México con Peña Nieto. Pero podría regresar en cualquier momento con la negociación del T-MEC o la amenaza a la política migratoria que ha concedido como parte de la táctica del sosiego.


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