Cuarto de crisis

Manejo de crisis

Muertos para todos

Joaquin Ortiz de Echavarria

2 Mayo 2019

San Juanico, 19 de noviembre de 1984: una serie de explosiones en una de las plantas de almacenamiento y distribución de Pemex en San Juan Ixhuatepec dejó más de 600 muertos y al menos 2,000 heridos, con quemaduras de hasta tercer grado. Pasta de Conchos: 19 de febrero de 2006: explosión y derrumbe al interior de una mina de Grupo Minera México: 65 muertos. Torre de Pemex, edificio B2: 31 de enero de 2013: acumulación de gas metano en la base de cimentación del edificio. Al menos 37 muertos y 126 heridos.

Pero nada esto supera a los muertos vinculados a los accidentes generados por el robo de combustibles.

Desde que comenzó a tomar fuerza el robo de combustible en el país, hace ya 10 años, el número de víctimas vinculadas es tan alto que es prácticamente imposible de calcular: solo en lo que va de 2019 han fallecido más de 150 personas y otras tantas han resultado heridas. Pero por tratarse de un incidente que involucra a autoridades de distintos niveles no existe una estadística confiable.

Los quemados no están siendo contados ni están contando su historia. Por ejemplo, dentro de las cifras oficiales del sistema epidemiológico se contabilizan entre 2016 y este año 19,000 personas atendidas en el sector salud por quemaduras solo en Puebla e Hidalgo, dos de las entidades más afectadas por huachicoleo. Pero dentro de ese universo es prácticamente imposible determinar quiénes sufrieron heridas por incidentes vinculados al robo de combustible, ilícito que, según datos del propio gobierno federal, tiene su origen y sus más finos hilos en las entrañas de Pemex.

Lo que hay son testimonios, tanto de expertos en el sector salud como de sobrevivientes. Según especialistas, la temperatura que puede alcanzar el combustible supera los 1,000 grados centígrados. Si la ropa de una persona se impregna de gasolina, el calor se incrementa al extremo de producir la carbonización. Son heridas difíciles de tratar pues se ha perdido no solo la piel, sino el músculo, el hueso, los ligamentos y los tendones. Es entonces cuando ya no hay marcha atrás: hay que amputar.

Entre las llamas que provocan las explosiones en los ductos clandestinos han perdido y marcado su vida huachicoleros, pero también ladrones de ocasión, de oportunidad y hasta curiosos.

En un acto de rapiña, ocurrido el 26 de marzo de 2015 en El Zapotal, Tabasco, marcó la vida de dos niños, que al verse al espejo ya no se reconocen porque fueron mutilados por dentro y por fuera, que perdieron a sus seres queridos y que siguen viviendo en una comunidad que poco o nada aprendió de la desgracia. En El Zapotal sigue desprendiéndose un penetrante olor a gasolina. La zona no ha cambiado pese a los distintos accidentes que han ocurrido en los últimos años.

Forma parte del centro de operaciones de grupos criminales que constantemente perforan la red de ductos de Pemex que atraviesan los tres municipios petroleros de la Chontalpa: Cárdenas, Cunduacán y Huimanguillo.

También hay víctimas colaterales. Entre estas, decenas de familias de la comunidad de San Martín Texmelucan, en Puebla, donde 29 personas murieron el 19 de diciembre de 2010, cuando una fuga de gasolina proveniente de un ducto ilegal literalmente hizo volar el pueblo. Ellos no la debían, pero también quedaron marcados de por vida.

El 15 de enero pasado, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, informó que hasta esa fecha había más de 1,700 carpetas de investigación abiertas en torno al robo de combustible en el país. De esas carpetas poco se conoce, pero contienen decenas de historias detrás de un delito, que tuvo su mayor tragedia el 18 de enero pasado en Tlahuelilpan, Hidalgo, con 135 vidas consumidas entre las llamas.

Algunos sobrevivieron para contarlo, porque las marcas en sus cuerpos y en sus memorias hacen que sea difícil olvidar. Presentamos algunos de los rostros detrás de la ordeña de combustible, sus víctimas y sus sobrevivientes. Esta es la vida después del huachicol.


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